Tengo sed...

Como sería de bueno tener una religión católica que abogara (realmente) por los problemas de sus creyentes, peleara de tú a tú contra el establecimiento en pro de solucionar tanta injusticia social y fuera promotora de hombres y mujeres revolucionarios de la forma y manera de pensar como Iglesia, líderes del cambio, la inclusión y apertura (mente abierta). Es una pena venir a criticar a la Iglesia Católica recién terminó la Semana Mayor, pero luego de escuchar, ver y oír la tradicional retórica eclesiástica terminé con un saborcito agrio que me anda crispando el ánimo.
Yo soy católico y nací en una familia cuyo seno también lo es, y a las buenas o a las malas he recibido los sacramentos de este rito milenario.
No es importante contar donde estuve de Semana Santa. La verdad fue más de paseo que de reflexión. La costumbre es asistir, al menos, a un oficio religioso. Este año no le saqué el cuerpo y asistí al Sermón de las Siete Palabras. (El año pasado me volé en plena misa y a la vuelta de la esquina un perrito me mordió la rodilla, rasgó el pantalón y dejó la marca de sus dientes frontales en mí rótula). En esta oportunidad, me sorprendió el discurso de quien es Monseñor de la Diócesis de dicho municipio, cuya plática se basó en una experiencia personal dándole un sabor interesante al planteamiento de la Quinta Palabra. Me pareció una eminente exposición, la mejor de esa noche. El señor Obispo hizo un símil entre el significado de la Palabra «Tengo Sed» contra el significante de «Sin agua» como problema de su ciudad.
Este religioso, de la cual no recuerdo su nombre, criticó duramente la falta de agua potable en su municipio. Buena semejanza. Fue una analogía entre los signos religiosos y como sus conciudadanos deben enfrentar dificultades por no tener a mano un derecho básico. Y según él, por culpa de la corrupción, los intereses de unas minorías y la ignorancia de otras. Definitivamente aquella ciudad carga su propia cruz y mientras avanza hacia su crucifixión grita con desespero: Tengo Sed.
Bueno, está bien, estuve en Chiquinquirá (Boyacá), la que denominan como la ciudad Católica de Colombia. Este sector sufre las consecuencias de no poseer una moderna planta de tratamiento de agua potable. La actual, según dio a conocer su alcalde a medios de comunicación, está obsoleta. Según Caracol Radio, este municipio cumple cuarenta años con semejante mal. La surte el Río Suárez, naciente en la Laguna de Fúquene y desemboca en el Río Sogamoso. Según la gerencia de la Empresa de Servicios Públicos (Empochiquinquirá), los niveles de contaminación son tan altos que la planta no da abasto. Por este motivo la venta de agua en bolsa es el negociazo para algunos compatriotas.
No busco ofender a ningún creyente, no es mi objetivo, pero pienso qué, la Iglesia Católica, como otros cultos religiosos, debería concentrar una gran parte de su fuerza a la lucha por la defensa de los problemas cotidianos de la gente. Es impajaritable ayude a combatir de alguna manera el hambre, ignorancia, desigualdad social, abuso del poder, corrupción, violación de los derechos fundamentales, feminicidio, infanticidio, entre otros demonios. Cruces que la gente buena, como usted y yo, debemos soportar por la culpa de algunos grupos poco bienaventurados.
Es una sensación positiva la que deja en la opinión pública el Obispo tras su discurso. Porque demuestra preocupación por un problema que afecta a toda su comunidad. Sus palabras se convierten en un reclamo, un jalón de orejas a las autoridades locales, departamentales y nacionales. Ya que no se debe jugar con un derecho básico y primario para la sociedad como es el agua potable. Lo más relevante de su discurso es el haber asegurado que el problema, es culpa de la inoperancia, la corrupción y la mala planeación.
Me gustaría, la cristiandad asumiera otra actitud frente a todos estos problemas. Algo más real, aterrizado y no tan místico. No solo como consejeros espirituales sino como generador de soluciones proactivas. Que bueno sería ver a los líderes religiosos pegar el grito, a los cuatro vientos, cada vez el gobierno nacional se hiciera el distraído ante una situación de riesgo. Salieran a la opinión pública a denunciar la violación de los derechos humanos, el mal uso de los recursos naturales, la desidia de algunos congresistas y pusiera en tela de juicio a aquellos hombres y mujeres que abusan de su poder.
Chévere la Iglesia fuera siempre así. Sería lindo ver al Cardenal Darío Castrillón Hoyos (Medellín) jalándole las orejas, acompañado de un regaño público, al presidente Juan Manuel Santos por los desastres de Salgar (Antioquia-2015) y Mocoa (Putumayo 2017), avalanchas que dejaron cientos de muertos, desaparecidos, heridos y damnificados, y que de alguna manera se hubieran podido evitar. No es voluntad de la naturaleza sino por la flojera, ignorancia y estupidez con la cual se forman algunos de nuestros alcaldes y gobernadores, sumado a la desinformación y desinterés, en algunos temas, de nuestros ministros. Cómo me gustaría ver al Cardenal José de Jesús Pimiento (Caldas), cantándole la tabla al oído, pegando pellizcos, coscorrones, más la amenaza de excomulgar y tramitar la extradición exprés hacia el infierno, como castigo a políticos y ciudadanos corruptos, como Santiago Uribe Vélez investigado por financiar y liderar un grupo de paramilitares en Antioquia que dejó un reguero de muertos, a Samuel (alcalde) e Iván (senador) Moreno Rojas, por el carrusel de la contratación que desfalcó a Bogotá en mil cien millones de dólares (apróximadamente) y sobre todo a aquellos que roban los refrigerios escolares, trafican con la bienestarina, venden medicamentos falsos, generan licores adulterados, trafican con recién nacidos, menores de edad y mujeres bonitas.
Cómo me gustaría ver a todos los curitas de las parroquias peleando para que la junta de acción comunal sirviera para algo, arremetieran contra las juntas administradoras locales, concejales, diputados y acorralara a los alcaldes menores por su excesiva burocracia e ineptitud. Cómo me gustaría ver a las monjitas discutiendo con los padres de familia para que sus hijos menores de edad (algunas manzanas podridas) no deambularan como vagabundos por calles y andenes después de clases consumiendo bebidas alcohólicas, armando batallas campales, amenazando profesores, vendiendo sustancias psicoactivas al interior de la escuela, colegio y universidad, tirados en un andén disfrutando de un falsa libertad y mal interpretada democracia familiar. Cómo me gustaría los curitas lideraran redes de información para identificar, señalar y catalogar a todos los ladrones y expendedores de drogas, violadores, asesinos, entre otros delincuentes de sus sectores, cuya información facilitara el trabajo de la autoridad. Qué bueno sería ver esa actitud.
La pregunta es ¿les nacería hacerlo? De una vez respondo: NO. Su objetivo es otro, lo meramente espiritual, ganar puntos para liderar el camino al reino de los cielos, purificar el alma, captar el número mayor de almas buenas y las arrepentidas (como la mía), y mantener la eterna pelea contra satanás y sus compinches.
"La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos" (Pg.26), dice el papa Francisco en La Alegría del Evangelio (2013).
Pero la verdad no veo a mi Iglesia realmente preocupada por los problemas físicos de mi comunidad. Observo que la misión del catolicismo es sobrevivir al paso de los siglos, conservar las tradiciones a toda costa, repetir el mismo discurso de los últimos mil seiscientos ochenta y tantos años y preocuparse por engrasar la maquinaria del miedo como fórmula para mantener segura a tanta militancia. Porque la constante es: ojo con el pecado, todos somos pecadores desde el nacimiento, tenga cuidado con el demonio porque está presente en la cotidianidad del hombre, evite otros cultos porque el coco se camufla y engaña, usted debe ir a misa todos los domingos, no comulgar deja a medias la importancia de asistir a la ceremonia católica, no pararle bolas a la homilía condena al necio, no olvide los Mandamientos, repita constantemente el Padre Nuestro, mucho menos ignore el santo Credo y ni por el chiras descuide la confesión.
Según Vatican News ya somos mil doscientos ochenta y cinco millones de feligreses. Un poquito más del diecisiete por ciento de la población total del planeta.
Está claro, Colombia tiene un problema en sus bases educativas. Si no me cree usted ¿cómo justificaría a la guerrilla, paramilitarismo, corrupción, doble moral, narcotráfico, violencia intrafamiliar, machismo al máximo nivel, prostitución infantil, delincuencia juvenil, homofobia, matoneo extremo, odio a las minorías, entre otras dificultades que padecemos desde 1948? Mire los noticieros como alardean con la compra de votos de Aida Merlano (¿cuántos más como ella?), el disparado avance de la delincuencia liderado por menores de edad, de un país narco pasamos a engalanar el estatus de uno corrupto (analice el problema con el dinero donado por países amigos para el posconflicto), la cantidad de nuevos carteles (está de moda el de la seguridad privada), entre otros dolores de cabeza que generan vergüenza. ¿Eso es ya mucha deshonra para nosotros como nación?.
El irlandés, Edmund Burke, dijo en algún momento: El mal triunfa porque los hombres buenos no hacen nada.
Para que no me crucifiquen (quienes están en desacuerdo) por mi comentario, debo resaltar las cosas bonitas que tiene esta sociedad: estoy rodeado de mucha gente linda, hermosa y talentosa que aporta su inteligencia al deporte, cultura, música, gastronomía, ciencia, educación, economía, política, y otras más, con el ánimo de hacer un mejor país. Somos más los buenos que los malos. «No hay camino para la paz, la paz es el camino», dijo Mahatma Gandhi.
Si al Estado no le preocupa el rumbo tomado por la educación básica pues sea la Iglesia quien salve la patria. No es un secreto que Colombia sufre una de sus peores épocas en valores éticos y morales. En verdad, prefiero una curia con los pies en la tierra, generador de ideas, educador, orientador de multitudes, generador de seres independientes y solucionador de problemas. Siempre con las manos en la obra y preocupado por el bienestar de su rebaño. No como los que yo pillo, sentados en su sede (presbiterio), en una cómoda posición y mirando con desdén al púlpito que lo observa.
Tengo la sensación que, se entiende la vida sacerdotal como una carrera profesional, con proyección colegiada, y no como una misión humanitaria, en pro de lograr una sociedad justa, de armonía y con verdadera hermandad.
Igual ocurre con el Periodismo. La sociedad piensa que se estudia esta carrera con el fin de aspirar a enormes salarios y ascender rápidamente en la escala social. Y no es visto como un servicio en pro del equilibrio colectivo, el fortalecimiento de la democracia y la punta de la lanza en pro de los derechos básicos, etc. Desafortunadamente, lo que prima en los medios es la publicidad salvaje, el mercadeo desmedido, los contenidos fáciles y en muchos casos favorecedor de corrientes políticas. ¿Y el buen periodismo qué? Pasó a segundo plano, y por tal razón esta profesión se fregó.
Muchos curitas están preocupados por tener un salario mensual digno. Para tal caso concentran sus esfuerzos en hacer de su parroquia una de las más bonitas, con enormes y magnánimos santuarios, adornados por gigantescas estatuas, música angelical y coros sonoros que inspiran solemnidad, con el ánimo de influir en la conciencia de hombres y mujeres - más allá del arrepentimiento y el perdón - para generar así un recurso estable (limosna) que le asegure una vida digna y justa. Quizá por ello el Estado quiso aplicarles el IVA. Obviamente la Iglesia debe vivir de algo (cobran por todo) y poseer otra entradita económica. Sin embargo, el propio papa Jorge Mario Bergoglio critica esta actitud: "Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos", expresó en La Alegría del Evangelio (2013). Para mí, como mucha gente, hay algo que no funciona adecuadamente en la Iglesia, y pienso debe generarse un cambio total, ajustado a las nuevas maneras de vivir de los creyentes.
Temas como la inclusión de la mujer en el sacerdocio, eliminar la doble moral, permitir el matrimonio entre religiosos, tener hijos, luchar contra el abuso sexual infantil (pederastia), aceptar el homosexualismo de sus militantes, disminuir el deseo material, entre otros temas, son los retos que debe enfrentar internamente la Iglesia Católica de cara al siglo veintiuno.
Yo prefiero una iglesia humilde y sencilla, preocupada por los problemas del ser humano común y corriente, comprometida en construir un país modelo, preocupada por la naturaleza y el medio ambiente, apoyando la libertad de pensamiento, de acuerdo con la libertad sexual, en la persistente búsqueda de la justicia, la democracia, orden, fraternidad y educación.
Nota: El próximo 4 de julio se celebrará el Día Nacional de la Libertad Religiosa y de Cultos.
Apéndice: La limosna, en un futuro cercano, se ofrecerá por medio de tarjeta débito, o crédito, pues por su banca pasará una linda viejecita con datáfono en mano.

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