Ojo contrae importaculismo
La sociedad, al igual que el ser humano, padece enfermedades. La nuestra sufre de terrorismo, venta de bebés, trata de jovencitas, casas de pique, tráfico de órganos, agresión al prójimo lanzando ácido a la cara, entre otras. Pero, existe una afección de la cual poco se habla: el importaculismo. Aunque no es una palabra aceptada por la Academia Colombiana de la Lengua, algunos especialistas aficionados en colombianismos la definen como: Dícese de la acción por la cual a uno le importa un culo la opinión, acciones, palabras, comportamientos y gestos de la sociedad.
No es nuevo, ha estado presente toda la vida. Adán y Eva fueron los primeros en experimentarlo cuando le sacaron el jopo a Dios con el tema de la manzanita. Igual ocurrió con los judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados y negros de toda Europa occidental, que fueron asesinados por los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Según el Instituto Oficial Israelí, constituida en memoria de las víctimas del Holocausto (Yad Vashem), murieron más de dieciocho millones de personas. Sin contar soldados de los dos bandos. Seis millones eran judíos. Y durante algún tiempo a gran parte de la sociedad les importó un pito.
El importaculismo siempre estará de moda. Tiene la habilidad de saltar de generación en generación. Es más, podría decirse, hoy día está en furor. Todos los colombianos somos partidarios, de alguna manera, a esta corriente idealista a la cual muchos consideran una filosofía de vida. Así nos formaron. Y lo peor, hay quien insiste en extender la tradición al educar a sus hijos con esos pensamientos. No entienden el terrible mal que le hacen a la Nación.
Yo soy importaculista positivo (lo hay positivo y negativo). Me tiene sin cuidado temas anodinos con la cual inescrupulosos bombardean la mente individual y colectiva. Dicho esto: me importa un pepino si los ricos también lloran, si la cuarentona de Marbelle (cantante de tecno carrilera) se fue a vivir con un menor de edad (Sebastián Salazar con apenas 22 años de edad), si el fútbol profesional colombiano triunfa o fracasa, si la Selección Colombia realiza un papel destacado o no en el Mundial, si James vuelve con Daniela Ospina, si Falcao se parte una uña, si Enilce López, alias la gata, se está muriendo de tristeza porque finalmente terminó en una cárcel (quería pagar condena en casa), si Margarita Rosa de Francisco presentará o no el Desafío Súper Humanos 2018 o tanta tragedia estúpida que se inventan los medios de comunicación, el jet set nacional o las principales plataformas de redes sociales.
Está presente en la calle, iglesias, Transmilenio, oficinas, supermercados, la gran mayoría de hogares y establecimientos públicos. Se percibe en colegios y universidades. Lo veo en el bus urbano cuando un hombre-mujer no cede el puesto a un adulto mayor, a las mujeres con bebé en brazos, embarazo o con algún tipo de invalidez, quienes deben rogar a gritos se les preste una silla azul. Y es gente joven, en la mayoría de casos, a quien les importa un rábano la dificultad ajena. Se nota cuando sacan sus mascotas (perros) a pasear por los andenes o parques y no les recogen sus cacas. Bien sea por pereza o asco. Siguen derecho con la frente en alto. Es como si recoger el excremento de una mascota quitara imagen, hombría, feminidad, dignidad o perdieran estatus social. Prefieren dejar la estiércol donde quede como si se tratara de una trampa cazabobos.
Estoy harto de algunos vecinos míos, pues dejan las enormes plastas de sus canes en el andén de mi casa. Despistados pisan y esparcen la boñiga, arrastrando el zapato, a lo largo y ancho del corredor. Y ese salvaje olor nos asalta día y noche. Según el Nuevo Código de Policía dicha falta tiene una multa de 98.360 pesos.
El importaculismo se percibe en todo. Lo veo en los taxistas cuando no respetan los semáforos en rojo. Cuando los ciudadanos arriesgan la vida al cruzar por debajo de los puentes peatonales (no se les puede decir nada porque reaccionan horriblemente). En los motociclistas irresponsables, al correr como locos entre la fila de autos durante el trancón, importándole poco la vida del peatón. También en los evasores de impuestos. Quienes matan por robar una bicicleta. En los micro-narcos al buscar enviciar a estudiantes de primaria y bachillerato en el consumo de alucinógenos. En los senadores que no van a su trabajo. En los policías demorados ante una llamada de alarma. Igual las ambulancias. En los conductores de buseta que no paran donde se les solicita y contestan con diez piedras en la mano tras el respectivo reclamo. Por calles y avenidas deterioradas, huecos en la cual decenas de motociclistas y ciclistas perdieron la vida. Se nota en la contaminación generada por automotores denominados chimeneas ambulantes. Y desde luego, quien no denuncia a los corruptos por miedo.
Compañero, ojo con semejante enfermedad. El importaculismo negativo es una especie de cáncer social. Acaba con todo. Se come las leyes, normas y preceptos. Se traga el erario público, borra los escrúpulos y consume a la gente de bien. Si usted cree es poseedor de sus efectos tenga en cuenta la única cura conocida: honestidad, respeto y cooperación. ¿Desea una sociedad más justa? No le queda más remedio que aportar ideas, ofrezca algo positivo, tome partido, dé su mano a quien lo necesite, respete las normas y sugiera su cumplimiento.
Done su granito de arena. No se haga el indiferente.
Bien lo dijo Martin Luther King: «No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena»

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