Sin duda se necesita de un Ministerio Civil
En la actualidad, dieciséis ministerios son los encargados de manejar los destinos de una gran parte de las actividades de los colombianos. Bueno, diecisiete si se cuenta a la Vicepresidencia.
Para quienes no saben que es un Ministerio, escuchan el término a diario por los medios de comunicación pero no conocen su ingerencia, la Real Academia de la Lengua Española lo define como cada uno de los departamentos en la cual se divide el gobierno de un Estado. O sea, la forma como el Presidente de la República administra los grandes temas nacionales. Obviamente, la dirección de cada Cartera es repartida entre los partidos políticos dominantes, bien sea para equilibrar cargas partidistas, pagar guiños regionalistas, devolver favores o quedar bien con las minorías. Esto último lo digo pues durante la administración de Juan Manuel Santos varios afrocolombianos fueron elegidos para dichos cargos.
Hay Ministerios para todo, sobrarán algunos, o harán falta, como es el caso del sector deportivo que lo pide a gritos, o para la Mujer y la Equidad de Género, o el Turismo, grupo que se aburrió de compartir banca con la gente de Industria y Comercio. Pero más allá del bien y del mal, dando un paso al costado para quedar fuera de la zona impuesta como lo justo y correcto, debería existir en Colombia un Ministerio Civil. Suena raro, cierto. Me explico: que la sociedad posea su propia Cartera, no para autocontrolarse, todo lo contrario, para vigilar al Estado.
El Ministerio Civil no tendrá un edificio que lo identifique, mucho menos un escudo de armas, menos un eslogan y tampoco una recua de consejeros, lagartos, abogados, secretarias y mensajeros. Tampoco administrará intereses políticos y económicos ajenos. No, este Ministerio tendría la misión de controlar el actuar del gobierno nacional y local. Será el Ojo que vigila. En otras palabras, y usando términos futbolísticos: respirará en la nuca al presidente y vicepresidente, marcará hombre a hombre a ministros, senadores y representantes, le sacará tarjeta amarilla a gobernadores, alcaldes y concejales, y mostrará el cartón rojo, públicamente, a todo aquel individuo, y colectivo, que maneje mal los intereses del país. Mejor dicho, pedirles cuentas a las autoridades, incluyendo a las fuerzas militares.
No intentaría reemplazar a la Fiscalía, Procuraduría o Contraloría. Mucho menos competir con la justicia ordinaria. No, nada de eso. Su objetivo es ver, mirar, exigir y denunciar públicamente, lo hecho, y lo no hecho, por todo funcionario del Estado. Mejor dicho, con nombre y apellido, con pruebas contundentes, físicas y logradas dentro del marco legal, denunciar ante la opinión pública a quien no actúa correctamente. Y el Ministerio, con las facultades que le otorgó el pueblo, recomendará a la población no volver a votar por fulano de tal. O sea, muerte política por voto popular.
Cuando digo muerte política por voto popular, me refiero a que no se votará más por fulanito o menganito en las próximas elecciones.
Como no hay un colectivo preocupado por educar a la población en las correctas prácticas de la política, pues todos los días mitos y leyendas urbanas se afirman como verdades puras. Esto lleva a creer que quien aspira a un cargo público lo hace para robar. Y estos juicios de valor son tan repetitivos que la gente termina por aceptar el delito como algo normal. «Bueno, roben poquito, dejen algo para ellos... pero construyan escuelas, echen calles y levantes puentes», es lo que se escucha decir en panaderías, quienes charlan en las tiendas mientras chupan cerveza y los comentarios hechos a los gritos en los buses de Transmilenio.
Vea, ya se ha hecho en el pasado pero de manera individual. Recuerde usted lo realizado por el periodista Jaime Hernando Garzón Forero, al denunciar, por medio de sus personajes (Godofredo Cínico Caspa y Heriberto de la Calle), la corrupción, ineptitud, burocracia, doble moral y malas mañas de la política nacional y la clase social dominante; cosa que pagó con su vida. O Gustavo Petro mientras fue Senador de la República (dos periodos) quien destapó innumerables ollas pútridas en el Congreso, el arribo de la parapolítica, el cartel de la contratación, entre otras acertadas denuncias. O la misma Claudia López (senadora - politóloga), quien le hizo la guerra a la influencia del poder paramilitar en el parlamento y en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Como tendrá de pantalones esta bogotana, fue capaz de criticar al periódico El Tiempo (siendo columnista estrella de este importantisisisisimo diario nacional), al opinar en contra de este valiosisisisisimo medio periódistico tras el dudoso cubrimiento que este daba a ciertas noticias. La respuesta de este poderosisisisimo medio de comunicación fue expulsarla al siguiente día.
Yo sé, es un idea boba, no faltaba más, pero analizando el panorama nacional se nota la ausencia de una figura colectiva que imponga el control del pueblo sobre el Estado. Observándolo y vigilándolo. Claro, usted dirá, pero eso es tarea de los partidos políticos (la oposición), o de los organismos de control como la Procuraduría, la Contraloría o la Fiscalía. O es tarea de los medios de comunicación. O de algunos colectivos como las ONG´s, por ejemplo Human Rights Watch o la Corporación Nuevo Arco Iris, que se preocupan por los derechos humanos, el actuar del gobierno y sus instituciones. Sin duda aportan mucho y ejercen, de algún modo u otro, una gran presión.
Se trata de una figura colectiva legalmente constituida e integrada por civiles, gente común, corriente, ajena a toda línea política y preocupada por el bienestar social general.
Un colectivo que salga a la opinión pública a reclamarle al Presidente por incumplir con los compromisos adquiridos en campaña. Que proteste enérgicamente contra el alcalde por el incremento en los servicios públicos cuando este no ofrezca la mejor prestación. Vea lo que ocurre nuevamente en Bogotá con el tema de las basuras. Le hicieron ajustes al cobro del agua y el alcantarillado pero los carros recolectores dejan la mitad de la basura regada en la calle, no limpian con prontitud las cañadas y no recogen los escombros. Lo digo porque está ocurriendo en el sector donde vivo y las localidades cercanas. Ya se nota el desorden nuevamente.
Un conjunto de personas idóneas que califique y juzgue abiertamente el rendimiento de todo funcionario elegido por voto popular. Y a quien tenga a su cargo una entidad nacional, departamental, distrital y municipal
Necesitamos un Ministerio que con documentos en mano denuncie desde la picota pública a los personajes que presentaron un proyecto, lograron su aprobación, recibieron el dinero con el cual construyeron parte de un hospital, o un colegio, o un estadio de béisbol, y nunca lo terminaron. Se justificaron argumentando sobrecostos, errores de diseño, problemas con los suelos o el incumplimiento del contratista. Mejor dicho le echaron la culpa a otros. Pero eso sí, el dinero del proyecto en su totalidad se cobró y se invirtió (se lo robaron). Así las cosas, el Ministerio Civil recomendará a la población no votar nuevamente por el gobernador, alcalde, funcionario, o quienes lideraron y respaldaron dicho proyecto. O sea, muerte política por voto popular.
Con un Ministerio Civil se le cerraría la puerta a mucho pícaro, ladrón de cuello blanco y corrupto. Según denunció el contralor general, Edgardo Maya Villazón (2017), los corruptos se están llevando entre $40 y $50 billones de pesos anualmente, correspondiente a los presupuestos nacionales, departamentales y municipales.
Por eso algunos colombianos de dudosa honestidad hacen lo que quieren con la patria, porque nadie mueve un dedo contra ellos. Es que nos atenemos a que sean algunos políticos (honestos), periodistas independientes o los medios de comunicación quienes actúen y denuncien.
Amigo lector, medite un poco en la posibilidad de parir un Ministerio Civil. Piense que estará conformado por quien no cree en la política tradicional, quien no apoya el robo del erario público, quien no cree en lo socialista y comunista, quien no anima hacer la guerra como única solución, quien rechaza el uso de la ignorancia como estrategía y quien repudia toda idea que impone a las élites como dioses intocables.
¿Sería viable una locura de este calibre?
Ahí le dejo pa´que eche números.
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