El fútbol en los tiempos de la cólera
El domingo anterior, un amigo me preguntó sobre la suerte que tendría la Selección Colombia durante el Mundial de Rusia. Y la verdad, como no ando preocupado por ello, le respondí lo único claro que tengo al respecto: «lo importante es hacer una buena presentación... y ya», dije.
Por esta época, uno o dos meses antes de cada Mundial, aficionados, familia del fútbol y cuerpo periodístico deportivo de todo el país se vuelven locos. Entran en una enajenación mental colectiva desesperante. Me gusta el fútbol pero no soy fanático. Vivo del fútbol pero no llego a esos extremos. Es un fenómeno cuyo efecto es similar a la influencia de la luna en algunos seres nocturnos. O sea, se vuelven lunáticos... las veinticuatro horas. Dicho término el diccionario lo define como: dícese de seres con cambios bruscos de carácter o de humor sin explicación. Aunque en el problema expuesto aquí el dilema son las circunstancias que llevan a mucha gente a perder la cabeza por una pelota de trapo, más cuando la Selección Colombia es la protagonista.
A veces pienso que, como país no hemos superado la inmadurez con la cual se asumen los éxitos deportivos. Recuerdo el día que Colombia clasificó al Mundial de Italia 90. Millones de colombianos festejaron el histórico paso (después de 28 años) tras vencer a Israel en la serie de repechaje, el veinte de octubre de 1989. Corrían y brincaban por calles y avenidas gritando viva Colombia, tronando sus cornetas (vuvuzelas), girando matracas y echando pólvora. Caravanas inmensas de automóviles y motos se tomaron los barrios de muchas ciudades pitando como chiflados. Accionaron extintores de incendio dejando blanquecinas fachadas y aceras de cientos de casas, y lanzaron a quien caminara despistadamente, a diestra y siniestra, porciones de harina, fécula de maíz, maicena, confetis de papel periódico picado y huevos tripe A (cuyo valor era de 50 pesos).
Vi muchas discusiones y peleas por ello. Gente que caminaba tranquila, fresquita, luego de bañarse al gusto, peinados milimétricamente y con impecables vestimentas, de camino a sus actividades naturales, cuando de un momento a otro fueron violentamente agredidos con aquellos polvos blancos lanzados por una turba enloquecida, obviamente, bajo la influencia de la emoción, agitación colectiva, el alcohol y otras sustancias. El resultado fueron miles de heridos a lo largo y ancho del territorio nacional. Sé, hubo muertos y varios desmanes pero no encontré una fuente confiable me ofreciera una cifra creíble sobre ese día. Desde entonces la situación ha sido igual, o con tendencia a mejorar. Por ejemplo, cómo olvidar los 76 muertos y 912 heridos después de la celebración del 5 a 0 infligido a la Argentina, el cinco de septiembre de 1993, durante la ruta al Mundial USA 94. O para no ir tan lejos, los 9 muertos, 15 heridos y las 3.000 riñas en Bogotá durante la celebración de la victoria de Colombia sobre Grecia (3x0), por la primera fecha de Brasil 2014 (14 de junio), o los ocho fallecidos, dos semana después (28 de junio), tras la victoria 2x0 a Uruguay por Octavos de Final.
Hay más ejemplos pero no voy a seguir pues tanta negatividad me genera agrieras.
Habrá quien diga es culpa del balompié. Un día, mi tía Chela me regaló la mejor definición sobre este tipo de fanáticos: «esa gente del fútbol, esos indios, los gamines esos». Todo porque estaba molesta con varios hinchas de Independiente Santa Fe. La tarde de un domingo, cuando su único hijo varón transitaba con su auto por la cuadra donde cientos de fanáticos festejaban un título más del cuadro cardenal, fue recibido, y despedido, por innumerables puntapiés que le dejaron varias abolladuras en las puertas.
Mire, esto responde a un problema cultural. Así lo percibo. Vea los números que dejó el reciente Día de la Madre. Según parte de la Policía Nacional, hubo 28 muertos y 3.610 riñas en todo el país, producto de la ingesta de bebidas embriagantes y la intolerancia. El día cuando se expresa todo el amor a la progenitora es cuando más violencia se genera. Según el Instituto Nacional de Medicina Legal, en la misma fecha pero en el 2017, hubo 17 muertos y 427 heridos. En el 2016 perdieron la vida 62 colombianos y 74 en 2015. El mismo ente público fue quien dijo, a medios nacionales, que el fin de semana, en el cual se celebra el día de las madres, continúa siendo el más violento del país. Igual ocurre con el 24, 25 y 31 de diciembre, más el 1 de enero.
Es inadmisible se abuse del alcohol a la hora de festejar. Aunque, para ser coherentes, es muy difícil aspirar a que más de cuarenta y nueve millones de compatriotas se comporten juiciosos, tranquilos y obedientes, como niños de jardín. Sobre todo cuando damos los primeros pasos para olvidar que venimos de una cultura basada en la violencia.
¿O va a negar usted que tirarle un puñado de harina o maicena a la cara, o a los ojos, de un ciudadano no participante de la celebración es una acción violenta? Déjese de vainas, yo entro en cólera..!!! Como dijo mi tía Chela: «esa gente del fútbol, esos indios, los gamines esos».
A donde vaya se está hablando de fútbol. En Transmilenio, Centros Comerciales, Supermercados, el Congreso de la República, hasta en la biblioteca se escuchan comentarios a baja voz vaticinando de cómo le irá a los muchachos que dirige don José Néstor Pékerman Krimen. Sí, ese es el segundo apellido del argentino. Se debate si James meterá otro golazo, si Falcao buscará ser el goleador del torneo, si por fin Messi podrá levantar la copa con la Argentina, o si Brasil romperá la actual hegemonía alemana. Las palabras más usadas son: fútbol bonito, Colombia, campeón, mejores, Fifa, Pékerman, simpáticos, feos, Fabra, rodilla mocha, sexo, esposas, etc.
La violencia de la calle, y cantina, también se vive en los estadios. Para mí, un gran agitador de las masas es el medio de comunicación. Tras la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, las emisoras locales invitaron a la insurrección a todos los liberales. Usted ya sabe, amigo lector, en que terminó el 9 de abril de 1948. El fútbol también tiene ese mismo condimento. La imagen del Mundial se manipula con fines lucrativos, posicionamiento de marcas y captación de nuevas audiencias. Claro, nadie trabaja gratis. Una gigantesca ola de 30 metros de publicidad, durante un mes, es generada por la radio, prensa escrita, internet y televisión. Llenan de mensajes sugestivos toda la parrilla de programación. Es un bombardeo de información continua. Por esto muchos terminan hipnotizados. «Somos lo que vemos», dijo Marshall Mcluhan, teórico de la comunicación. Yo pienso que, la violencia generada en los estadios, y fuera de ellos, durante las décadas del ochenta y noventa fue el resultado de la combinación de dos fenómenos: el conflicto violento vivido por entonces en Colombia y el uso irresponsable del mensaje a manos de periodistas deportivos de poca ética, pues desde el micrófono se alentó negativamente contra clubes, equipos, jugadores y cuerpo técnico pertenecientes a la región opuesta del comentarista.
En este país existen muy buenos periodistas, saben de tácticas, estrategias, historia y actualidad del fútbol colombiano y mundial, pero son regulares comunicadores. No dominan las ciencias de la comunicación y todas las temáticas que conlleva el adecuado uso del mensaje, de la palabra. Solo basta con escucharlos, o leerlos, para comprender cuál es el nivel de su formación. Vea, una parte de los periodistas que usted ve y oye, famosísimos (al límite de la idolatría para muchos jóvenes estudiantes), no tienen formación, son empíricos. Son arquitectos, ingenieros, abogados, etc. ¿Ahora entiende lo peligroso? Y también están quienes comprenden cómo funciona la Comunicación (mensaje) y abusan de ella. Buscan la manera de sacarle provecho. La manipulan a su gusto, por ende nos controlan. Hay una frase muy famosa al interior de los medios periodísticos, y es, si una noticia no tiene sangre, sexo y violencia... no vende.
Lo anterior también anima a la violencia antes, durante y después del fútbol.
Sin embargo, debo decir, Colombia cuenta con buenos periodistas, preocupados por informar de manera clara, veraz y con el mayor de los criterios. Como José Yamid Amat, actual director de CM& y considerado uno de los mejores en la historia de esta disciplina en el país. Su seriedad y credibilidad no tiene comparación. No lanza la piedra hasta estar seguro del por qué, para qué, cómo, dónde y a quién le caerá. O Juan Diego Alvira, a mi criterio, el mejor de Caracol Televisión. Ese muchacho es un buen comunicador. Entre otros. Y existen medios de comunicación buenos, dinámicos, respetuosos, coherentes, democráticos, idóneos y éticos. No todo es malo.
Canal Caracol y RCN invadieron los hogares de los colombianos con reportajes, noticias, entrevistas e información variada sobre la Selección y el Mundial. La franja comercial también está saturada, de manera subjetiva, con mensajes que invitan a seguir la Selección. Carlos ´el Pibe´ Valderrama y Faustino Asprilla aparecen en varios avisos, Falcao y James son la imagen de innumerables productos nacionales y extranjeros, hasta los equipos de narradores y comentaristas desfilan como reinas de belleza. Todo con el único fin de generar (vender), el máximo interés por la futura transmisión de los partidos de Rusia 2018.
En lo personal, estoy hasta la coronilla con tantos anuncios publicitarios, y reportajes de noticiero, donde James Rodríguez es el protagonista... lo veo hasta en el retrete.
Yo le llamo invasión a los sentidos. Obviamente el interés de los medios va más allá del sano cumplimiento con el deber de comunicar e informar, cruza al terreno del salvaje interés económico. Detrás del equipo no sólo está la Federación Colombiana sino todas las marcas que la apoyan: patrocinadores, socios y colaboradores oficiales. Son diez, y todos están autorizados para sacarle el máximo jugo a la imagen de la Selección Colombia. Caracol Televisión es uno de sus colaboradores oficiales, y al igual que su rival RCN (no es socio), son expertos en bombardeo publicitario. La franja de comerciales, entre novelas, series y películas, tiene una duración cercana de diez minutos. Y tal cual, o peor, ocurrirá durante cada partido de la selección nacional.
«La información es ante todo considerada como una mercancía», aseguró Ignacio Ramonet, otro de los grandes críticos de los medios de comunicación.
Mire usted todo lo que trae el Mundial de fútbol. Hay mucho más, pero es harina de otro costal. Para terminar de contestar a la interrogante de mi amigo, espero Colombia gane el grupo (H). O sea, termine en el primer lugar para enfrentar a un equipo débil en la siguiente ronda, que en este caso sería el segundo del grupo G, bien sea Bélgica, Panamá, Inglaterra o Túnez. Y de terminar en la segunda posición deberá jugar contra el primero del grupo G, o sea, Bélgica, Panamá, Inglaterra o Túnez. En otras palabras, en Octavos de Final los dirigidos por Pékerman Krimen se enfrentarán a Bélgica o Inglaterra.
Lo que me interesa es, que la Selección Colombia deje una buen impresión dentro y fuera de la cancha. Que sus futbolistas se entreguen en cuerpo y alma a una causa, suden la camiseta por el amor a los colores de la Patria, canten con ímpetu el Himno Nacional y una vez el balón esté puesto a rodar, el mundo diga, por lo hecho en la cancha, que los hombres y mujeres de Colombia son una maravilla como deportistas y personas. Juegan más por la pasión que por las conveniencias. Más por la pasión que por el dinero. Más por la pasión que por la fama. Eso me interesa, ver colombianos humildes y sencillos representándome, lejos de la prepotencia de la plata y la petulancia del poder.
Y si pierden... pues lo hagan con las botas bien puestas.
Que James, Falcao, Ospina, Jerry y Juan Guillermo (Cuadrado) contagien de su tranquilidad, alegría y responsabilidad a esa cantidad de compatriotas que piensan embriagarse para disfrutar de cada partido de la Selección.
Y si fracasan los muchachos, ruego a Dios que los medios de comunicación de este país no los crucifiquen, como ocurrió en USA 94 y Francia 98, y las eliminatorias a Corea y Japón 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, donde se flageló a Valderrama, Asprilla, Maturana, Bolillo, y al resto de esos pobres deportistas.
Ayyy San Francisco de Sales, patrono de los periodistas, influye para que esos críticos irresponsables detrás de un micrófono, o un titular, no alienten a oyentes, televidentes y lectores al odio. Ruega por ellos, y ruega por nosotros.
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